29 de junio de 2009

Piedra sobre piedra: pseudo-integral de La Pedriza (parte I)

Este fin de semana tocaba dejar las ruedas aparcadas, y calzarse las botas y echar a andar. Los que me venís siguiendo desde mi otro blog sabréis que de vez en cuando nos gusta dejarnos caer por la Pedriza del Manzanares, nuestra Pedri.

El viernes me escapo un poco antes del trabajo para llegar a buena hora a Manzanares el Real. Allí me espera Dani, ataviado con casi todo para pasar un par de días pedriceros 100 %. La idea en esta ocasión es subir una vez más a Las Torres, y descenderlas por la PR-1 dirección El Yelmo, es decir hacer la ruta circular en sentido de las agujas del reloj. La novedad era esta última parte, pues siempre habíamos descendido por donde habíamos subido, desde Cuatro Caminos. Pues bien, ahora me entero que casi conseguimos hacer la famosa Integral de la Pedriza (casi na), aunque haciendo noche a mitad de camino con lo que ello conlleva (macutazo).

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Tras proveernos cuidadosamente de lo que íbamos a subir a la montaña, poco después de las 19 h emprendemos camino desde Canto Cochino. Dani va provisto de GPS y yo de mapa, pero aún así el comienzo es dubitativo. Mi primera sorpresa es que no vamos a subir al Collado Cabrón por la PR-1, sino por un camino que asciende directamente hasta el Cancho de los Muertos.

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Este camino, no es más que la torrentera seca de un arroyo, que en estío te permite ascender  por él, cobrándote como peaje numerosos arañazos y magulladuras, amén del esfuerzo que supone avanzar con la mochila y el aislante atravesando entre las ramas de pinos, jaras y enebros. Enseguida el corazón se pone a latir a cien, menos mal que la temperatura acompaña suavemente, y que al rato vamos superando obstáculos, y asomándonos a miradores que nos dejan fantásticas estampas.

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Por fin llegamos al Collado Cabrón, por esta senda que nunca habíamos recorrido. Parece que había pasado lo peor de la subida, pero aún había que continuar subiendo.

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Sin cruzarnos con nadie, intentamos seguir el camino que marca el gps en su (anticuado) mapa, sorteando los riscos que se encuentran antes del Collado de la Romera. Algún día nos tendremos que entretener en intentar averiguar qué rocas son el Pajarito, la Campana, la Vela o el Carro del Diablo. Pero hoy no es el día, queremos llegar al vivac con algo de luz, y nos queda camino por recorrer. Sí os puedo dejar un par de detalles de los lugares por los que hemos de pasar:  Las cumbres de Las Torres, y el Tolmo.

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Tras los últimos pasos escarpados emprendemos descenso por un pinar desviándonos de la PR-1, hasta el cruce de Cuatro Caminos, dejando a la derecha el camino que sube hasta Puente Los Poyos. En Cuatro Caminos tomamos la PR-2, que ascenderá hasta nuestro lugar de pernocta.

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Aquí tengo que darle un tirón de orejas a Dani pues en un tramo reculó para cambiar de ruta por no querer hacer el cabra por unas rocas como siempre hemos hecho, y nos metió en un atolladero peor, del que tuvimos que salir emulando a la susodicha cabra. Mal.

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En este tramo más despejado seguimos teniendo hermosas vistas mientras la luz va decayendo, y creo divisar encima de mi la Terracita de la Aserco (si ese es su nombre). Enseguida vamos a dejar de subir por piedras para comenzar un sendero dentro de un bosque de pinos, a la orilla de un arroyo que nos va a llevar la mítica Cabaña de la Aserco, donde pasaremos la noche, el campamento 1.

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La Cabaña se encuentra deteriorada, si cabe más que la anterior vez que estuvimos, y es una lástima que la dejemos que se deteriore, pero, me incluyo, tenemos poco respeto por estos vivacs que se construyeron ya hace tiempo.

Estamos ya cansados, yo especialmente tras la semana de trabajo, con sueño acumulado. Así que nos cambiamos, y adecentamos el lugar para pasar la noche. La anécdota la protagonizará la comida, o más bien el modo de consumirla, pues además de embutido y queso hemos traído lo necesario para prepararnos un cous-cous (precocinado), pero ambos hemos olvidado el utensilio para comerlo!! Recordamos las enseñanzas de El Último Superviviente, Survivor Man y Jesús Calleja, pero nada, no decían nada de cómo comerselo sin utilizar las andrajosas manos que en esos momentos teníamos. Así que finalmente improvisamos una cuchara con el envase de un dónut, toma ya! Ah! y la Sangría Don Simón, qué buena estaba!

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Es medianoche, los ojos ceden, la cremallera se cierra, la noche es fresca así que los mosquitos no molestarán en esta ocasión. Hay que descansar, mañana se prevé un día duro.

17 de junio de 2009

Tarde tormentosa

Sólo a mi se me ocurre, después de la paliza del domingo, salir en bici el martes. Pero como había dejado la bici en Rivas, pues a la salida del curro fui para allá, a echar un ojo a la huerta y de paso explorar algún camino que tenía quemado desde el Google Earth.

Bajé por el Pueblo de Rivas hasta el Soto de las Juntas. Ya pude observar cómo a lo lejos, sobre el cerro de Coberteras estaba descargando una tormenta, pero no me iba a pillar, lucía el sol y hacía buena temperatura.

Imagen306-Imagen307 - 1226x2526 - SCUL-SmartblendTenía ganas de explorar un camino que va desde la Depuradora de Rivas, en paralelo a la A-3, hasta la Cañada Real. Hice el tramo de carretera y me desvié por tal camino. En seguida llegué a un desvío que me acercaría a la salida 17 de la autovía. Crucé el cauce pedregoso que construyeron después de la riada del año pasado que hizo que se cortara en ambos sentidos la autovía, y comprobé que no había forma de incorporarse a la calzada, ni haciendo el cabra siquiera, así que no sería una forma de volver a casa, evitando pasar por el pueblo.

Aproveché la ubicación para hacerme una idea de cómo fue aquel día que este arroyo seco se desbordó causando tal caos. Entendí que todo derivaba de la construcción de la salida 17 en mitad del cauce paralelo a la A-3. En fin, que ahora esa poca agua que llevaba se metía por un tubo, y el cauce de piedras iba seco.

Me adelanto unos metro para girar a otro camino que baja en perpendicular a la A-3, y compruebo que efectivamente se acaba en una alambrada, pero me asombra que ese camino es de asfalto, y que debía ser una antigua incorporación, quizá de cuando la autovía era una Carretera Nacional.

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Cuando me doy la vuelta veo la que está cayendo detrás del cerro que tenía a mis espaldas, y me empiezo a temer lo peor: me voy a mojar, y mucho. Pero a lo lejos diviso los restos de lo que pareciera una antigua fábrica. Me dirijo hasta allí cuando empiezo a oler a tierra mojada y el cielo se empieza a iluminar.

 

El panorama era tétrico, la típica fábrica derruida donde pasan cosas malas, habitan perturbados mentales y donde perfectamente te puedes encontrar un cadáver. Pero no, esto está entre Rivas y la Cañada Real, ahí no puede pasar eso. Así que localizo un lugar donde cobijarme de la lluvia que comienza a caer, y decido por meterme en una torre de transformador, por supuesto obsoleta, pero en pie y con cubierta. Como aún no llueve demasiado la curiosidad me lleva a ver qué más hay por allí, y salvo ladrillos rotos, paredes sin techo, pintadas, basura y muchos conejos no hay "nada más".

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En esto que se pone a llover como si hubiera agua en los cielos (literal). Es como si de las nubes hubieran abierto una compuerta soltando el agua de golpe. Los truenos zumban cada vez más cerca, los rayos los veo por la puerta. Rivas ya no está. Un relámpago rompe la roca a escasos metros, retumban todas las paredes donde me encontraba. Mando un SMS a mi amigo Nando para que al menos alguien sepa dónde estoy, por si me ocurriese algo (hasta ese punto llega el acojone que tengo).

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El tiempo pasa lento, pero se empieza a divisar el Polígono de Santa Ana. Finalmente escampa, salgo de mi escondite y empiezo a oír las sirenas de bomberos y policía. La autovía está cortada y todos los coches, de ambos sentidos, parados. Subo al cerro que tengo al lado a ver qué ha pasado. Por lo visto un camión ha volcado cruzándose en mitad de la calzada sentido Madrid. Doy una vuelta por lo que ha sido mi cobijo, comprobando cómo el terreno está anegado y la rueda se encaja en los surcos.

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Tan sólo chispea, pero se va haciendo tarde. Basta por hoy, vuelvo para casa. No va a ser fácil. El terreno por el que voy es plenamente aluvial, arcilloso, y está repletito de agua, las ruedas van para donde quieren, debo hacer verdaderos equilibrios para no acabar con los huesos en el barro. Me subo por la cuneta, hasta los cardos le confieren algo de compacto al terreno, los aprovecho. Llego a la carretera, inundada, desde ella puedo comprobar que por donde antes caminaba intentando imaginar cómo podría llevar agua, ahora es un torrente que lo arrastra todo.

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Un día más, sin quererlo ni beberlo, vuelvo embarrado a casa.

7 de junio de 2009

Z's de la Pedriza

Hay una palabra por encima de las muchas que se me ocurren para describir la ruta que hicimos este domingo: sufrimiento.

¿Qué podemos hacer el día de antes de una ruta por la Sierra de Madrid? Pues ir a las Fiestas de Aluche, beber cerveza y disfrutar de un concierto de Los Suaves. Y al día siguiente te levantas a las ocho y media de la mañana para meter las bicis en el coche y tirar para la Pedriza. Eso es de friki-biker...

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Así que con estos antecedentes nos presentamos en Cantocochino, en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, vamos, en la Pedri de toda la vida, tantas veces pateada, pero nunca recorrida en bicicleta.

Venimos de unos días con bajada brusca de temperaturas, hoy se preveía "mejoría" del tiempo, pero comienza bastante nublado. Aún así, mucha es la gente que acude al Parque, tenemos que hacer cola para entrar, y hasta nos cuenta pillar aparcamiento.

Una vez las bicis rodando la primera sensación es crucial. Boca seca, dolor de cabeza y cansancio generalizado. Eso tiene un nombre: resaca! y muchos remedios, pero ninguno de ellos es montar en bici. Pues yo me empeño.

Desde el primer momento las indicaciones a mis compañeros de ruta (la tercera para Dani, la primera para Nando) son claras: "tenéis un ibuprofeno!!" jeje, a parte: "tirad vosotros a vuestro ritmo, que yo voy arrastrao hasta donde pueda, que cojo y me doy la vuelta y en 3 horas os veo en el coche."

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Y así empezamos, sin miramiento por un tramo asfaltado con rampas ya imposibles para mis piernas, creo que lo más duro de la ruta. Dani decía que solo era un pequeño tramo, pero creo que me engañaba, aquello no acabó hasta un par de kilómetros después. Era evidente que me quedaba descolgado cada vez que mis compañeros me esperaban. Lo mejor sería coger un ritmo, por absurdo que fuera, e ir subiendo pedalada a pedalada, y pedalada y pedalada. Tú fíjate, con un 1-2 de desarrollo la de ellas que pude dar! Tomé una decisión, y fue no hacer de eso algo más absurdo, y cada vez que bajaba de los 4'5 km/h ponía pie a tierra para ir caminando, pues así iba más deprisa.

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Fue un goteo de ciclistas adelantándome y vi bajar a unos cuantos hombres de avanzada edad, que muy bien por ellos, pero no está de más un saludo en el campo.

Como su propio nombre indica, las Z's de la Pedriza pues son Z's que describe su camino en pos de ascender hasta el Collado de los Pastores. Son más acusadas por el lado que las íbamos a bajar, pero de todos modos, como podéis ver, el dibujo que forma sobre el mapa es bastante curioso.

Yo ya iba pensando en darme la vuelta y hacer cálculos, cuando llegamos al descanso que hay a mitad de subida. Mis compañeros me esperaron y pedaleamos juntos un tramo en el que incluso se baja. Ya llevábamos 7 km, darse la vuelta suponía volver a recorrer este tramo favorable en este sentido, y estaba más cerca de la cima que de la salida, así que, con dos bielas para adelante!

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Pero aún quedaban tres tramos: en el primero, más largo, empecé a notarme mejor, (no te jode, se acababa por fin!) y subí el ritmo hasta los 6 km/h. Pero el segundo se hizo interminable, in-ter-mi-na-ble, aquella recta en curva que no te deja ver que sigue y sigue. Por suerte encaré el que pensé tenía que ser el último tramo, y al fondo ví a Nando, que muerto de frío decidió bajar a animarme.

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Una vez en la cima comprobamos en nuestras propias carnes lo que en la ascensión era un temor: el frío que hacía. No sé si serían unos 12 ºC pero sudados por completo, con el aire que hacía, cortaba la sangre. Así que me dio para comer algo y tomar aire, y a encarar la bajada.

Con los dedos empezándose a congelar llegamos al nacimiento del Manzanares, que parece mentira que sea el mismo que acaba junto a Casa Eulogio. Ni nos paramos, hay un repechito que nos ayudará a recuperar el calor. Y de nuevo para abajo.

Y cuando lo de bajar te está gustando, ¡tóma subida! no sé si pasaría el kilómetro, pero a estas alturas me toca los cojones. Seguimos sufriendo, todo sea por la gozada del descenso. Y así fue, una curva tras otra fuim os devorando las innumerables cetas del recorrido, hasta llegar por fin al comienzo de la ruta.

Sólo quedaba tomarnos la cerveza de rigor, y esperar a ver la salida de Alonso jodidos de frío...

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17 de mayo de 2009

Cañón del Río Duratón

Tres días consecutivos libres, inmersos en semanas tan ajetreadas, no podían librarse de nuestras aficiones. Así, en un aquí te pillo aquí te mato, impropio de mis virtudes, conseguí liar a mis amigos para combinar una ruta en bicicleta, con la visita a un Espacio Natural, aliñado con un rato de ornitología, consiguiendo un íntimo contacto con la naturaleza en buena compañía.

Y todo esto se fraguó en el Parque Natural de las Hoces del Río Duratón, un espacio enclavado dentro de las figuras de protección de la Red de Espacios Naturales de Castilla y León. Situado en la provincia de Segovia, se trata de un profundo cañón fluvial donde nidifican diversidad de especies de aves rapaces, siendo característica la población de buitre leonado.

Ermira San justo

Esta cualidad del Parque era la que nos ofrecía un primer impedimento. Y es que en esta época (1 de enero a 31 de julio) es necesario solicitar un permiso en la Casa del Parque (921 540 586) para acceder a las Zonas de Reserva, lugar por donde iba a discurrir nuestra ruta. Se ha de salir cada 20 minutos en grupos de 5 personas con un máximo de 3 bicicletas por grupo. Así pues nos dispusimos en dos grupos. Primero salieron los fuera de serie (Nando y Dani), abriendo ruta, y posteriormente, retrasados por fuerza mayor, las chicas (Susana y Patricia) con un servidor.

Ya antes de empezar todo fue difícil, porque tuvimos que improvisar un pedal que sustituyera al automático que llevaba la bici de Patri (mi antigua bpro) que nos fue imposible cambiar. Menos mal al bricolaje de última hora que se sacó Dani de la manga, porque no me quiero imaginar cómo habría sido la ruta con automáticos en los pies de la chica.

ciclistas_duraton Y es que el comienzo de la ruta desde el Puente Talcano es bastante incómodo para el paseo, con continuos tramos de afloramientos de rocas calizas sobre el sendero que nos obligaban a echar pie a tierra, y algún que otro tronco que se cruzaba en nuestro camino. Pero salvados estos escollos iniciales el resto de ruta, 12 km hasta el Puente de Villaseca, eran bastante agradables, cruzando en todo momento el rico bosque de ribera que acompaña al Duratón en este tramo, circulando por un estrecho sendero, que aún se angostaba más al atravesar espesuras herbáceas que, coincidiendo con mayor densidad de árboles, evocaba recuerdos de selvas lejanas.

Un recorrido verdaderamente hermoso del que pude disfrutar con mis amigas, unas auténticas javatas. Una vez que llegamos al final de La Ruta Larga nos reagrupamos, descansamos un poco, y decidimos continuar un poco más para hacer la ruta de La Molinilla (apenas 2 km), plagada de cuevas labradas en las paredes del cañón, vestigios de antiguos moradores. Pero a los pocos metros el infortunio se cebó con Susi, que acabó con sus huesos en el lecho del río, cayendo desde cierta altura sobre unos restos de troncos con muy mala pinta que podían haber causado mucho más daño. Afortunadamente todo se saldó con un gran susto y unos pocos rasguños que a día de hoy de seguro seguirán doliendo, aunque ella diga que no.

Decidimos darnos la vuelta, y regresar los chicos a por los coches, ya que estábamos junto a la carretera, donde podíamos recoger a las chicas. Y en ese momento, por la premura de la situación y por las ganas de disfrutar del sendero, se desató la furia ciclista que llevábamos dentro, y devoramos los kilómetros de sendero a todo trapo, solo interrumpidos por algún obstáculo insalvable o por los paseantes de la zona a los que adelantábamos con el mayor de los respetos. Como comentamos, la ida estaba para disfrutar del enclave del sendero, de sus vistas, de las sensaciones más sensoriales. Pero la vuelta era para disfrutar de la bici en el sendero, de la velocidad, el trazado, la tensión del riesgo: curvas y recurvas contraperaltadas que te escupían hacia el río, árboles que se enmarañaban en el camino, piedras que aparecían de entre las hierbas... realmente divertido, muy divertido.

Ya sólo quedaba realizar el tramo en coche desde el aparcamiento hasta el Puente de Villaseca, por una carretera sinuosa y bastante especial pues unía la parte más abrupta del cañón con los páramos yermos que caracterizan Castilla. Una vez juntos aprovechamos para comer junto al río las viandas que cada uno traía. Gozar de la comida en un lugar tranquilo después de un esfuerzo es la mayor de las recompensas.

Para el final del día habíamos preparado la visita a la Ermita de San Frutos, enclavada en una de las más bellas hoces que forma un río ya embalsado por la presa de Burgomillodo. Y aquí no quise perder la oportunidad de sacar el telescopio (regalo precisamente de mis amigos) para seguir observando, esta vez desde más cerca y con más tranquilidad, la colonia de buitres que posee esta zona. Y me sigue impresionando cómo, justo de enfrente de un lugar con tanta presión turística como es la Ermita de San Frutos, los buitres forman sus nidos y sacan adelante sus pollos. En esta ocasión nos pudimos recrear con unos cuantos nidos con sus pollos ya muy crecidos, los vuelos de los buitres y el de un hermoso alimoche, y los graznidos de las chovas piquirrojas.

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El cansancio ya se dejaba sentir con fuerza, hasta Dani nos había dejado hace un rato, apresurado por problemas intestinales. Y había que regresar, tranquilamente a casa. Yo os dejo con unas cuantas fotos más, y os recomiendo ver el vídeo que grabaron los ciclistas del Club El Lanchar, que fue el que nos dio el último empujón para animarnos a realizar la ruta.

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12 de abril de 2009

Semana Santa 2009

Finalmente esta Semana Santa me animé a irme para Extremadura. Tenía muchas ganas, bien es cierto que había estado hace nada en el Jerte, pero no lo pude aprovechar bien, y tenía ganas de dehesa. Llevaba ya un año hablando con Andrés, un amigo ex-compañero de curro, de ir por su pueblo a pillar una canoa y recorrernos algún tramo de río de la zona final del Tajo antes de meterse en Portugal.

Con los planes a medio hacer aprovechamos el viaje de ida para visitar Monfragüe. Yo había estado con la facultad, hace tiempecillo, y me quedé con ganas de más. Para el resto era su primera visita, la novia de Andrés, Paula, y su amigo Álvaro. He de decir que son gente paciente, y pueden presumir de un curso de iniciación a la ornitología, que en estos días han podido recibir.

Porque no todas las aves de Extremadura están en Monfragüe. Realmente la zona en la que pasamos el resto de los días no tiene nada que envidiar al recientemente declarado Parque Nacional. Se trata de la confluencia de los valles del Alagón y el Tajo, al oeste de la provincia de Cáceres. El pueblo al que íbamos se llama Ceclavín (un gramo), donde vive parte de la familia del Ándrews. Allí pudimos disfrutar de la inigualable compañía de Adriano, que hizo de guía inmejorable de la zona que va desde Alcántara a Cachorrila, pasando, cómo no, por el Cancho de Ramiro.

Al final el tema de la canoa no pudo ser, por respeto a la naturaleza, y por condiciones meteorológicas. A cambio, nos cansamos de ver buitres, con sus nidos, y sus pollos, muchísimos. También disfrutamos de la Cigüeña Negra en sus nidos y en vuelo, del Águila Imperial, Alimoches, Buitres Negros, Milanos Negros, Águilas Culebreras ...

Pero no todo fueron aves en Extremadura, también pude compartir unos días con la gente de Andrés, todos encantadores, que me hicieron sentir uno más de esa familia tan grande, tan grande como ellos. Fue todo un placer. Eso sí, hay que repetirlo ¡con canoa incluida!

6 de abril de 2009

Por los cantiles de Rivas y Coberteras

Creo que es sano, y gratificante en ocasiones, echar la vista atrás y volver a tus orígenes para hacer un acto de recapacitación. De dónde venimos, a dónde vamos, quienes somos y por qué, en todos sus aspectos.

En lo referente a mi relación con las dos ruedas, volver a mi pueblo a pedalear 8 km por carretera contra el viento, es algo que se me antoja escaso en estos momentos, aunque como ya digo, interesante. Pero volver a los caminos y cuestas empinadas de Rivas, donde terminé de forjar mi carácter de bicicletero caminero pajarero (en los términos modernos que hoy se usas sería un birdy biker) era algo inevitable.

Así pues la tarde del domingo pasado surgió la opción de hacer el circuito de Rivas que siempre había hecho, pero esta vez al revés, subiendo las cuestas de los cantiles del Campillo de San Isidro en primer lugar.

Quedé con Dani, la idea primigenia era salir de Santa Eugenia, para meterle kilómetros a la ruta y volver aquí al filo del atardecer. Pero finalmente nos arriesgamos, salimos desde el aparcamiento del Soto de las Juntas, y si quedaba tiempo subiríamos a la Marañosa.

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Nos enfrentamos a las primeras cuestas con un más que duro repecho inicial, con el que en pocos metros tomaríamos la altura suficiente como para divisar ya toda la vega del Jarama y el Manzanares, con la Laguna del Campillo a nuestros pies. Se suceden 4 rampas duras que nos sacan los higadillos, sobre todo a estas horas del día. Se intercalan con falsos llanos y alguna bajadita, pero en general asciendes unos 130 metros en 2 kilómetros y medio. La peor es la última cuesta, con un gran surco en mitad de la pista que te hace ir enfilado a la derecha por el cantil. Después del gran esfuerzo inicial prosiguen los subeybajas pero "más suaves", aunque las piernas te tiemblan. El piso no es cómodo, con muchas piedras sueltas, pero no impiden que haya gente paseando y en bicicleta con sus hijos.

Pasamos junto al vertedero que ya están terminando de clausurar, han quitado la vaya que antes lo delimitaba. Paramos en algún mirador para apreciar el crecimiento del núcleo industrial de Mejorada, y el estado de la Finca El Piul. Y así acabamos en el cerro del Telégrafo. A pesar de los innumerables senderos que caen de sus laderas decidimos subirlo a patita por sus escaleras más empinadas. Termina siendo lo más duro del día. Damos un par de vueltas por su cumbre y bajamos entre los pinos de su ladera oriental. Está claro que en Rivas se respira bicicleta en todos sus estados, desde paseantes, bikers globeros, trialeros, endureros, etc. Todos tenemos nuestro camino.

La vuelta por los cantiles la hacemos por el camino que circula paralelo al anterior pero en una altura menor. Nunca lo había recorrido y realmente es divertido, de una anchura mucho menor y casi en todo momento siguiendo curva de nivel llega hasta el acceso, cortado, de la Finca de El Piul. Ahí enlazamos con nuestro anterior camino y decidimos acortar hasta Rivas por el fatídico camino donde más veces me he caído. Bajada vertiginosa hasta las calles del pueblo. Allí decidimos hacer frente a la ascensión a la Marañosa. Vamos pegados de tiempo pero hay muchas ganas.

El viento se hace notar, y por la carretera que accede a Protección Civil nos vamos relevando, con más éxito por mi parte que por la de Dani. Una vez pasado Casa Eulogio nos adentramos ilegalmente en el bosque del Cerro de Coberteras. Cierto es que existe una señal que prohíbe el paso a ciclistas. No entiendo muy bien el motivo, quizá el de conservar las laderas de los trialeros que aumentan la erosión a su paso, pero creo que nuestro paso, en esta ocasión no traerá nada malo al paraje (espero no equivocarme). Pasamos por una zona de apicultura en el que hay que tener  cuidado con las abejas, y dirimiendo disyuntivas y ascendiendo unos metros que se hacen larguísimos, con el hombre del mazo a rueda, llegamos hasta una panorámica de estos cantiles. Tras sortear una trinchera de la Guerra Civil nos asomamos al cantil, desde donde observamos la zona del Soto de Las Juntas, la Vega del Porcal y Sotopajares. Una inmensidad de humedales sustentados en antiguas y presentes graveras que explotan la zona.

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Los mosquitos nos incordian, el fresco hace presencia y la luz empieza a ser tenue. Estamos en un lugar espectacular, pero recóndito, es tarde y nunca hemos circulado por aquí, por lo que la premura es necesaria.

Continuamos hasta nuestro siguiente desvío, poco antes de la valla de los militares, y desde ahí hasta el camino de la Aldehuela todo será bajada. Entre la poca visibilidad y la novedad del trazado el cuidado que hay que prestar es máximo, confirmado por unos cuantos bancos de arenas que nos dan un par de sustos.

Una vez abajo, ya anochecidos, sólo queda llegar hasta el coche para terminar de disfrutar de una tarde de domingo diferente, muy entretenida, pero más aún provechosa, que pronto tendremos que rememorar.